"Mientras que otros animales inclinan la cabeza mirando al suelo, Él hizo al hombre erguido, invitándole a mirar hacia el cielo y a levantar la cabeza hacia las estrellas"
Ovidio (43a.C.-17d.C.) Poeta romano

10 de abril de 2011

Поехали!

“¡Vámonos!”, respondió al control de misión. Pasaban varios minutos de las 06:00 UTC cuando los motores de la Vostok 1 rugieron estrepitosamente sobre la plataforma de lanzamiento LC1 del cosmódromo de Baikonur. El cohete se alzó lentamente transportando consigo la capsula esférica y a su ocupante. A las 06:17 los motores se apagaron y diez segundos después, el cosmonauta entraba en órbita. Era el 12 de abril de 1961 y, en esos momentos, el Segundo Teniente Yuri Alekséyevich Gagarin se convertía en el primer ser humano en horadar la atmósfera terrestre y viajar al espacio exterior.

En plena Guerra Fría, la carrera espacial se convirtió en otro ramal de la escalada armamentística en que las dos grandes potencias mundiales estaban inmersas. El espacio era un sector estratégico, tanto por sus posibles aplicaciones bélicas como por su valor propagandístico. Por ello, ni los EEUU ni la URSS escatimaron esfuerzos para tomar ventaja. Aprovecharon muchos de los conocimientos que los alemanes obtuvieron durante la Segunda Guerra Mundial, e incluso involucraron a científicos alemanes en sus programas espaciales.

Desde el comienzo, los soviéticos tomaron la iniciativa. El 4 de octubre de 1957 una sucesión de ‘bips’ inundó los receptores de radio de todo el mundo. El primer satélite artificial orbitaba alrededor de la Tierra. La noticia supuso un jarro de agua fría en la moral estadounidense . Los americanos se consideraban superiores técnicamente, y la hazaña del Sputnik sembró la duda y el miedo en el país. Un mes después la URSS lanza el Sputnik 2 con la perrita Laika a bordo cosechando otro sonoro éxito. Los EEUU reaccionaron con el programa Vanguard, que fue un rotundo fracaso debido a fallos de diseño en su lanzador. Quedó claro que los rusos iban un paso por delante.

A los Sputnik le siguieron los lanzamientos de varias sondas a la Luna, Marte y Venus. La Unión Soviética quería aprovechar este éxito, por lo que se encargó a Sergéi Koroliov el desarrollo urgente de un programa espacial tripulado. Se diseñó un cohete más potente que su predecesor modificando el modelo R-7, el Vostok, que portaría una capsula de funcionamiento automático con capacidad para un único tripulante. Se enviaron varias misiones de prueba a partir de 1960, a fin de testar su funcionamiento y viabilidad. Y finalmente, tras dos misiones exitosas con perros a bordo, el gobierno dio el visto bueno para la primera misión tripulada.

Por su parte, los EEUU habían creado la NASA en el 58, y ante las informaciones sobre el programa tripulado soviético prepararon el proyecto Mercury. El tiempo apremiaba por lo avanzado del programa soviético. Se enviaron capsulas de prueba montadas sobre una lanzador Redstone, diseñado por Werner von Braun, la primera de las cuales fracasó. Sin embargo, las tres siguientes misiones tuvieron buen fin, entre ellas la del chimpancé Ham. Mientras tanto, un grupo de 7 pilotos de prueba estaban siendo preparados para tripular las naves del proyecto: Shepard, Grissom, Cooper, Schirra, Slayton, Glenn y Carpenter. Estados Unidos reaccionaba.

En el bando soviético se seleccionó al segundo teniente Yuri Gagarin, entre otros 20 candidatos. Gagarin nació en Óblast de Smolensk en 1934, era trabajador en la industria metalúrgica y empezó a formarse como piloto en 1954. Tras cierta formación técnica y militar, se presentó al proceso de selección para el programa espacial tripulado en 1959. Se le sometió junto a sus compañeros a un intensivo entrenamiento secreto. Yuri destacó pronto sobre los demás candidatos, aunque no fue seleccionado hasta un mes antes del lanzamiento. Gherman Titov fue finalmente elegido como el suplente de Gagarin.

El 12 de abril de 1961, ambos se dirigieron debidamente pertrechados a la rampa de lanzamiento en Baikonur. Gagarin subió a bordo de la Vostok 1 y a las 06:07 UTC despegó a bordo de su cápsula. Unos minutos después escapó a la gravedad terrestre y pasó a la historia de la humanidad. El vuelo sólo duró 1 órbita, tras la cual se encendieron los retrocohetes y se inició el proceso de reentrada, no sin cierta incertidumbre ya que los mensajes de estado de la cápsula no llegaban a tierra. Durante el vuelo, las autoridades soviéticas decidieron ascender al cosmonauta al grado de Mayor, debido a las posibilidades de que el viaje de regreso fracasara y él falleciera en el proceso. A 7 km de altura fue eyectado de la cápsula y descendió en paracaídas. A las 10:20 de ese mismo día, Gagarin tomó tierra en Siberia. Un granjero y su hija le encontraron rato después, aun enfundando en el mono naranja que vestía como uniforme.

A su regreso fue recibido como un héroe, la maquinaria propagandística explotó su imagen como máximo exponente de los logros de la Unión Soviética y viajó alrededor del mundo para promocionar la proeza. Los EEUU habían quedado de nuevo atrás. El 5 de mayo respondieron con un vuelo suborbital con Alan Shepard a bordo de la Fredoom 7, y no fueron capaces de igualar el hito soviético hasta nueve meses después, cuando John Glenn se convirtió en el primer estadounidense en hacerlo. Sin embargo, la supremacía permaneció del lado comunista. La URSS consiguió la primera aproximación entre dos naves en el espacio, la primera mujer en órbita, el primer vuelo multitripulado, la primera caminata espacial o la primera sonda en posarse en la Luna, entre otros logros.

A mediados de la década de los 60 fallece Koroliov, responsable de los vuelos tripulados soviéticos, y a partir de entonces la dinámica se invierte. La carrera por llegar a la Luna capitalizará la competición y, aunque la Unión Soviética seguirá siendo un referente en la exploración espacial, los Estados Unidos le arrebatarán la iniciativa.

En el día de hoy, se conmemoran los 50 años de la histórica proeza de Gagarin, Koroliov y la URSS. 50 años desde que el hombre desafió a su propia naturaleza y observó por primera vez su hogar, suspendido en esta pequeña parcela del universo, frágil y sólitario.

18 de agosto de 2009

El espacio, ¿la última frontera?

En enero de 2004, el por entonces presidente de los Estados Unidos de América, George W. Bush, anunció la vuelta por parte de la NASA a la Luna para 2020, como paso previo a una futura misión tripulada a Marte. Parecía que la exploración espacial viviría una nueva edad de oro con el planeta rojo como objetivo final. Sin embargo, como ya sucedió hace 20 años cuando George Bush padre hizo un anuncio similar, la financiación ha sido insuficiente y la NASA anunció que se replanteará sus viajes tripulados hasta que sus presupuestos cuadren. Según publicaron varios diarios esta pasada semana, el comité creado por la Casa Blanca para el estudio de los vuelos tripulados barajaba siete opciones con las que encarar el futuro de la agencia espacial, entre las que se encuentran extender y actualizar el actual transbordador, depender de los medios de otros países o empresas privadas, o  mantener el actual plan pero alargar los plazos indefinidamente. En todo caso, tratándose del país que llevó al hombre a la luna, resulta desesperanzador.

Desde hace unos años la exploración del espacio ha perdido no sólo la financiación necesaria para llevar a cabo proyectos serios, sino que también ha perdido el apoyo de los gobiernos y la ciudadanía. Atrás quedan los tiempos de las grandes gestas, cuando la Guerra Fría obligaba a los estados a invertir grandes sumas de dinero para ganar la carrera espacial. Actualmente, sólo países como China o India parecen dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para seguir invirtiendo en el espacio. El problema de fondo es la imagen de desperdicio económico que transmiten las misiones espaciales. Despilfarro, esa es la palabra que se le viene a la cabeza al ciudadano medio cuando se le habla de viajes espaciales.  Parece que las agencias no fueran capaces de explicar las aportaciones que la astronáutica ha traído a nuestra sociedad, cuando son muchos y variados. La carrera espacial nos trajo avances en salud, permitió la miniaturización de los componentes informáticos, el desarrollo de nuevos materiales o la mejora de las comunicaciones. Hoy día, seguimos recogiendo los frutos de las investigaciones pasadas y presentes, tan sólo tenemos que pensar lo útil que es el GPS cuando no tenemos ni idea de cómo llegar a ese destino de vacaciones o buscar una calle en una ciudad que no conocemos. Sólo cuando comparamos los costes y los beneficios podemos ser conscientes de la rentabilidad de la exploración del espacio.

Es obvio que la crisis actual ha establecido nuevas prioridades presupuestarias que condenan a las agencias espaciales a años y años de estancamiento en sus proyectos y misiones. En esta situación de ralentización de los programas espaciales, quieren hacer su agosto las incipientes compañías aeroespaciales privadas. Ya no sólo en la subcontratación, diseño o fabricación de sistemas, sino de un modo más integral, se está tendiendo a la comercialización del espacio como la solución a sus problemas económicos. ¿Quién no ha oído hablar de los turistas espaciales o de los futuros hoteles en órbita? Pero la capitalización del espacio no es la solución. El concurso de las empresas como parte activa en los vuelos podría generar situaciones de tensión debido a los recursos de diverso tipo que se puedan encontrar en otros planetas o asteroides, y cuya explotación sería seguro motivo de conflicto entre empresas y/o estados.

“Los Estados Partes en el Tratado considerarán a todos los astronautas como enviados de la humanidad en el espacio…”, así comienza uno de los artículos del Tratado sobre el Uso Pacífico del Espacio Ultraterrestre de las Naciones Unidas. Fuera de nuestro pequeño hogar somos seres humanos independientemente de donde hayamos nacido. Por ello, el futuro de la exploración espacial pasa por la toma de conciencia como especie por parte de la humanidad, lo que se traduce en algo un poco más mundano: el espacio debe ser explorado conjuntamente por todas las naciones. La gestión de los recursos y objetivos comunes permitirían el desarrollo de programas espaciales mejor diseñados y financiados, y daría la posibilidad a muchos países, que actualmente carecen de programa espacial propio, de participar activamente mediante medios económicos o académicos. Los frutos de esta colaboración serían un bien común de la Humanidad. La creación de una agencia espacial internacional, dependiente por ejemplo de las Naciones Unidas, podría ser la semilla necesaria para que el ser humano crezca entre las estrellas. ¿Seremos capaces de superar las dificultades o será el espacio la última frontera?

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13 de junio de 2009

Voluntad de progreso

Decía Herbert Spencer, filosofo inglés que vivió en el siglo XIX, que el progreso no es un accidente, sino una necesidad, una parte de la naturaleza. El progreso entendido como la mejora, el avance, el perfeccionamiento de la condición humana. Y es una necesidad, porque sin él, el ser humano habría sido otro capricho infructuoso de la naturaleza y nunca habría llegado al nivel actual de conocimiento y desarrollo. La necesidad de procurarse alimento o cobijo nos obligó a encontrar nuevas formas, nuevos caminos que nos permitiesen superar las dificultades y sobrevivir.

En los últimos años podríamos decir que, en nuestro entorno, los avances técnicos y el nivel de vida han alcanzado cuotas satisfactorias, que nos han permitido vivir de una manera holgada y en muchos casos con escasas preocupaciones. Tenemos coches, televisiones de plasma, teléfonos móviles, viajamos en avión y navegamos por internet. Sin embargo, la llegada de la actual crisis nos ha hecho ser más reflexivos a la hora de administrar nuestra economía personal y de afrontar nuestros proyectos de futuro. Buscamos nuevas maneras de ahorrar en nuestros gastos habituales, intentamos encontrar nuevas fuentes de ingreso o intentamos formarnos para estar mejor preparados y poder encontrar un empleo mejor. Resulta paradigmático que los períodos con mayores dificultades sean los de mayor progreso en casi todos los ámbitos. La necesidad nos mueve, nos obliga a actuar.

Ahora bien, el progreso no siempre es resultado de un mal o una coyuntura previa. Hay ocasiones en que éste surge de un individuo o un colectivo cuya motivación hacia un objetivo final les permite innovar y evolucionar en sus procedimientos y aptitudes. Para ello, hay un factor clave: la voluntad. Para afrontar cualquier reto lo primero es querer hacerlo. Sin ese primer paso en el cual se decide y ordena la propia conducta , nada es posible.

Por todo ello, en momentos en los que se hay una meta que alcanzar, el primer paso es disponer de voluntad de progreso. Ya sea el caso de una organización que no funciona, un gobierno que debe afrontar una crisis, una empresa que se expande o una persona que decide hacer dieta: hay que querer afrontar la situación, hay que querer avanzar, hay que querer progresar. Los medios necesarios para lograr los objetivos se obtendrán, porque quien tiene la voluntad tiene la fuerza.